Felicidad, ¿sin límites?
La búsqueda de la felicidad en ocasiones parece desafiar el sentido común y no atenerse a los principios de la lógica. No pocas veces tenemos cuanto colmaría la dicha de la mayoría de los mortales: salud, seguridad, el amor de las personas que creemos importantes, un trabajo y una familia que cualquiera envidiaría, y las condiciones que aseguran nuestra calidad de vida, y de pronto, sin detenernos a pensar demasiado en lo que hacemos, nos embarcamos en empresas plagadas de dificultades, cuyas probabilidades de éxito son más bien remotas.
Dejamos atrás, cual Colón del siglo XXI, puerto seguro para hacernos a la mar en busca de “las Indias”, sin saber a ciencia cierta si llegaremos allí o, como el marino genovés, a cualquier otra parte, o a ninguna, teniendo una única certeza: la decisión de perseverar en nuestras intenciones.
Y es que cada cual asume la felicidad de forma diferente, e imprime un sello particular a sus objetivos para obtenerla, que pueden ser tantos y tan disímiles como personas existen. Algunos, incluso, esperan “su” momento agazapados en el subconsciente, ya sea porque jamás hayamos tenido conciencia de ellos o porque pretendimos sepultarlos bajo el peso de otros sin haberlos “agotado” totalmente.
Ahora bien, cabría preguntarnos: más allá del imprescindible respeto a la diversidad y en consecuencia a la forma de ser feliz que se proponga cada cual, ¿es válido cualquier fin cuya búsqueda o consecución intuimos puede llevarnos a la dicha?, ¿es legítimo procurar alcanzarlos sea como sea? Y si no fuera así, ¿dónde están los límites?
Obviamente, cuando definimos propósitos y prioridades, siempre hay fronteras que no debemos transgredir. No estamos solos en este mundo. Somos parte de una familia, de un colectivo laboral (o al menos nos relacionamos con otros en nuestra actividad profesional), y en un plano más amplio vivimos en un barrio, en una ciudad o un pueblo, en una región, un país, un planeta…
Lo ideal, como exponía con mucho tino un lector, es que nuestra felicidad sea la de todos, lo cual, hoy, no pasa de ser apenas una quimera. Pero, que ello sea así no significa que debamos conformarnos con que existan quienes pretendan ser felices a toda costa y a cualquier costo, sin importarles no ya la dicha de sus semejantes, sino ni siquiera que al intentar conseguir sus fines, puedan dañarlos, a veces irreversiblemente. ¿Qué se podría esperar a cambio, de los afectados? ¿No alentaríamos de esa forma la transformación, ya en marcha, del mundo en selva?
Legitimar cualquier fórmula para llegar a la felicidad significa además, de hecho, justificar verdaderas aberraciones, como que algunos la encuentren en el ejercicio indiscriminado del poder —de cualquier tipo, no únicamente político— que tengan sobre otro u otros, y en dominarlos, someterlos y humillarlos, es decir que asocien su dicha a la infelicidad ajena.
No son estos casos tan excepcionales como podría suponerse. Basta con remitirse a la historia conocida de la humanidad para confirmarlo. Lo que sucede muchas veces es que para evitar una resistencia que podría malograr estos fines insanos, o para obtener el apoyo necesario que coadyuve a conseguirlos, incluso si ello comporta grandes sacrificios, los mismos suelen ser hábilmente camuflados, y aparecer como garantía de la felicidad de otros, de muchos, de todos.
Se trata, claro está, de una promesa cuya consecución se desplaza hacia un futuro incierto, además condicionada, pues se hace depender de la aceptación o la implicación de aquellos a quienes se promete, en la obtención de lo que se propone quien la formula.
Tal estrategia, cual bumerán, puede terminar volviéndose contra quien la emplea. El engaño, tarde o temprano, se revela como tal. Así lo reconoce una frase atribuida a Gandhi, quien nos recuerda, desde la altura de su sabiduría proverbial, que a través de la historia los caminos de la verdad siempre han triunfado. Y cuando se descubren las reales intenciones del farsante, en el mejor de los casos perderá solo la confianza de quienes aceptaron o apoyaron incautamente sus proyectos. Es casi seguro que estos pasarán de partidarios o neutrales a decididos opositores.
La simulación de propósitos diferentes a los verdaderos para alcanzar la felicidad, no se circunscribe a estos casos extremos. Apelan a ella, asimismo, quienes saben que su logro implica una afectación probable para otros, que se opondrán a ello, o cuando sencillamente quieren sumarlos a sus proyectos, aunque estos solo pierdan, al secundarlos, una parte de su tiempo.
Entre estas formas de manipulación las hay verdaderamente sutiles. Mediante algunas, quien las utiliza pretende perpetuar un estado de cosas que favorezca la consecución de lo que se propone, intentando desviar la atención de las víctimas de los objetivos que tienen que pueden poner en riesgo los suyos, mezquinos y ocultos por lo general, y reemplazarlos por otros más “inocuos”.
En otros casos se procura alentar necesidades artificiales, como la del consumo desmedido, que deriven en apetencias de satisfacerlas que coadyuven al éxito del manipulador.
Resumiendo hasta aquí. Creo sinceramente que es legítimo que usted aspire a ser feliz y defina los objetivos y prioridades cuya búsqueda u obtención puedan llevarlo a que lo sea, y que se disponga en consecuencia a alcanzarlos, pero no que asocie su felicidad a la desventura ajena, o que para lograr la dicha propia, conscientemente interfiera en el derecho de otros a ser felices, o de alguna forma los perjudique, o los manipule para que aprueben, respalden o apoyen ingenuamente proyectos que, de no mediar el engaño, jamás suscribirían.
Ahora bien, ¿hay límites en sentido contrario? Por ejemplo, ¿es legítimo renunciar a ser felices para que lo sean otros?
Aquí podemos caer en una trampa si no analizamos con detenimiento. Nótese que no se trata de renunciar a uno mismo para entregarse a los demás. No es lo mismo. En este último caso, puede que vivir para otro u otros “olvidándose” de sí, constituya la finalidad de algunos que por el camino de alcanzarla lleguen a ser felices.
De modo que en realidad no se “olvidan” de ellos mismos, sino que tienen una forma de conseguir la felicidad que, al menos en sus manifestaciones absolutas, no es habitual, por más que no sea reprochable, sino todo lo contrario.
Otra cosa sería renunciar a la dicha personal por la ajena. Aquí es válida otra aclaración. Me refiero específicamente a la renuncia, porque, en no pocas ocasiones, coyunturas que se convierten en causa de fuerza mayor pueden obligarnos a hacer un alto en nuestro viaje hacia la felicidad.
Pensemos, por ejemplo, en deudas de gratitud que debemos saldar, o compromisos derivados de nuestra responsabilidad con familiares u otras personas muy importantes en nuestras vidas. ¿Acaso no se debe diferir el posible encuentro con la felicidad por no empañar la de una madre, o por el cuidado de un hijo gravemente enfermo? ¿Cuántas veces no ocurre?
Otras causas, como obligaciones impostergables, misiones en el sentido amplio del término, pueden también hacernos aplazar la travesía. Es oportuno dejar claro que se trata de aquellos compromisos que realmente nos alejan de nuestras miras y prioridades, pues de lo contrario, como es posible que suceda, cumplirlos puede ser una fuente de gratificación y de dicha.
Parece haber consenso en que la posposición de la búsqueda de la felicidad propia por causas de fuerza mayor tiene una lógica aplastante, pero no ocurre lo mismo cuando se trata de la renuncia a esta en aras de la dicha ajena. Aquí los criterios están divididos. Algunos la ven como el sumun del altruismo, otros, tomando en cuenta que solo tenemos una vida (los que están convencidos de ello, por supuesto), la consideran anormal e irresponsable para con uno mismo. Y usted, ¿piensa que es tiempo perdido?
No solo se renuncia a la felicidad personal por la de otros. Hay quienes tienen objetivos claros, pero prefieren cruzarse de brazos y esperar que ocurra un milagro, pero no siempre la abdicación depende únicamente de nuestra voluntad, sino también de las posibilidades reales de emprender o reanudar uno u otro camino. No faltan los que sienten que los han abandonado las fuerzas para enfrentar obstáculos que terminan aplastándolos, y se resignan a no ser felices, cuando lo ideal sería que, en su lugar, se replantearan con mayor objetividad lo que se proponen o la vía escogida.
En mi humilde opinión, en materia de felicidad, debemos alejarnos de los extremos: ni pensar únicamente en la nuestra, ni exclusivamente en la ajena; ni procurar alcanzarla a cualquier costo, ni renunciar a hacerlo por debilidad, abulia o inconstancia.
No obstante, perseguir cualquier propósito o seguir cualquier camino aun dentro de estos límites, no lo llevará ineludiblemente a ser feliz. Tomar por buenos los errados puede no solo alejarlo de la felicidad; existe la probabilidad de que, cuando se percate de su equivocación, sea demasiado tarde para encontrar otro destino o emprender un nuevo viaje. Así que dedique tiempo a meditar en lo que quiere y en cómo lograrlo, y rectifique cuanto antes cada vez que lo crea necesario.
Sobre este tema vea también: La felicidad, ese espejismo…
Encontrado en: La vida: un rompecabezas singular

Que complicado se nos hace comprender, describir y vacilar la felicidad, ese sentimiento efímero que como bien se dijo en un articulo anterior, es un espejismo.. yo diría que es también un fuego fatuo.. pues como fémina, huye si se le persigue, no persigue si se le huye y hay que rendirse siempre a sus pies…
Respecto a sus limites que es el tema de este, si que los tiene, físicos y espirituales pues solamente el factor TIEMPO ya nos pone a todos uno y zangandongo (pregúntenle a los viejos honestos o a los que fallan sin segunda oportunidad y verán si no quisieran regresarlo pero no pueden). El vivir en SOCIEDAD es otro cabezón que nos limita y nadie se para a analizarla bien analizada y censurada, porque… dígase lo que se diga, la vanidad humana nos hace mostrar o ver de la vida en sociedad solo sus fortalezas y esconder o retocar sus debilidades que siempre entre nos hay un ojo que las ve y las explota para “equilibrar el mundo”. Podrán haber muchos limites mas, pero el otro de cuidado, que no se nota a pesar de pesar y abundar tanto , es el CONFORMISMO con que nos obligan o nos vemos obligados a vivir (j….. y sin poder j….) que ya Gandhi le encontró remedio teorice practico, pero a pesar de eso esta presente a perpetuidad, de arriba a abajo, desde las religiones hasta nuestros padres.. hay quien los ha negado y superado (los menos) y se llegan a sentir realizados con eso, otros quedan por el camino o en el intento; hay quien ni siquiera sabe de estas cosas, viven su vida y se van de este mundo igualmente felices y a su manera.. otros se mantienen dentro de sus limites y… por ahí nos vemos y por ultimo están los infelices, pero… para que hablar de ellos? si solo nos gusta mostrar y ver las fortalezas de la sociedad… y el que haga otra cosa es un pesao. Sabios, héroes santos y mediocres son los que componemos la sociedad según José Ingenieros y sobre estos últimos nos ilumino bastante, pero como dije: es muy triste no tener respuesta a las preguntas: de donde venimos, quienes somos y hacia donde vamos y la existencia de limites físicos y espirituales pone barreras de realización que obliga a variaciones con curvitas de perdición a los humanos.
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La felicidad conoce límites, de lo contrario no fuera tan difícil lograrla en su punto de realización que es el punto del equilibrio. La de cada cual debe respetar los anhelos ajenos, en un mapa humano de alta complejidad, donde vivir se vuelve arte fino, de muchas fuerzas encontradas y sutilezas.
La verdadera felicidad, en mi modo de ver las cosas, no busca sofocar la ajena; se expande, a la vez que busca sin cesar en un viaje a lo más profundo de nosotros mismos. Y como ser felices no es un experimento al vacío, va acompañado de condiciones como la ética (dentro de la cual hay ingredientes tan poco mencionados últimamente como son el pudor o la piedad), de ahí que, respondiendo en algo a tu interrogante, estimado Herminio, buscar la felicidad entrañe todo un mundo de sabiduría.
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Anyeli contestó: el Enero 16th, 2013 a las 22:58
Felicidad es despertarte en la mañana orgulloso de lo que eres…es cada momento que se vive en la tarea de alcanzar un sueño…no es difícil..solo disfruta cada momento de hoy, estoy segura que mañana vas a añorar la felicidad que te proporcionan las cosas que tienes ahora…Saludos
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Es verdad, todos buscamos la felicidad, pero muchso pensamos que en esa búsqueda, podemos pasar por encima de cualquiera, lo que conyeva entonces a que esos “cualquiera” actúen igual, y entonces se forma la cadena larga de infelicidades que nos gobierna a casi todos. Pienso que hasta que no comprendamos que para lograr nuestra felicidad, no debemos hacer infelices a otros, no lograremos alcanzarla
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así mismo pienso también, que la verdadera felicidad está en ayudar a los demás. Pongo un ejemplo del tristemente fallecido Teofilo Stevenson. Esto lo ví yo hace muchos años, cerva del cine Avenida, en la Avenida 26, si mal no recuerdo.
Estaba yo para entrar al cine, y en eso a quien veo, a Stevenson, que iba caminando por la acera del frente. Imaginense, Stevenson. Bueno, me quedé mirándolo y vi como se acercaba a un hombre al que la vida no había tratado bien, estaba sin zapatos. Pues se quitó los suyos, se los dió a aquel desconocido, y siguió caminando, desclazo, riendose con él mismo, con aquella sonrisa amplia que tenia nuestro campeón.
Me di cuenta de que era feliz ayudando a los demás.
¡¡¡¡¡¡¡QUE GRAN CAMPEON ES STEVENSON!!!!!
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Eso es ser feliz, dando mucho y no recibiendo tanto. Eso es ejemplo de altruismo, de humanidad, de hombría.
Ser verdaderamente feliz, atañe a las decisiones que tomemos en la vida, como dice Silvio en una canción:
SEAMOS UN TILIN MEJORES, Y MUCHO MENOS EGOISTAS
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Ser feliz es despertarte en la mañana estando orgulloso de lo que eres…es saber disfrutar las personas que te acompañan en el viaje a la felicidad porque no es alcanzar la meta lo que de verdad te llena de placer…es el camino que has recorrido hasta ese momento…Saludos
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Camacho, con el mayor respeto debo decirle que si usted actúa como piensa (o más bien como escribe) debe ser una gran persona y sobre todo debe ser muy feliz, porque para mí en eso radica una de las clavez para ser feliz, ser consecuentes con lo que pensamos, siempre que no se haga daño a los demás.
Para mí la felicidad es dar sin esperar nada a cambio, disfrutar y apasionarnos con todo lo que hacemos, amar, vivir el momento pues el futuro es incierto, valorar las pequeñas cosas de la vida. Ese tipo de felicidad no tiene límites.
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