La felicidad, ese espejismo…
Vista desde la distancia de los años, la vida parece un gran sinsentido. Vivimos huyendo de o luchando con fantasmas que terminan irremediablemente por alcanzarnos y derrotarnos, o persiguiendo sueños que nos son permanentemente esquivos.
El más implacable de estos fantasmas es la muerte. Cuántas veces nos sorprende cuando pensamos que podíamos ganarle la batalla. Son ingenuos los mortales que pretenden ignorar lo que tan diáfanamente “vio” Borges, el argentino iluminado de nombre Jorge Luis: la vida es muerte que viene.
Por su parte, el más recurrente de nuestros sueños es la felicidad, lo cual, en verdad, no es nada extraño. Si existe un fin inexorable, ¿no tiene toda la lógica del mundo que tratemos desesperadamente de ser felices en esa breve estadía entre dos nadas que, según ese escritor enorme que es Leonardo Padura, constituye el tránsito del hombre por la Tierra. Pero, paradójicamente, para muchos la felicidad es como el horizonte, que se aleja en cada intento de alcanzarlo.
Podría pensarse que no le faltaba razón a Arsenio Rodríguez, “el Ciego Maravilloso” cuando afirmó en uno de sus boleros memorables que hay que vivir el momento feliz, porque sacando la cuenta en total la vida es un sueño y todo se va. Es cierto que la felicidad, como todo, incluidos nosotros mismos, no es definitiva. Pero, ¿es realmente tan efímera e inaprensible? ¿Y si no fuera así, en definitiva de qué depende que seamos felices o no?
Acaso antes de intentar conseguirla debiéramos comenzar por desentrañar en qué consiste. Pero aquí chocamos con un escollo prácticamente insalvable: su carácter esencialmente subjetivo, que hace que, a pesar de lo dificultoso que es lograrla, sea más fácil experimentarla que definirla.
Al respecto, un entendido en la materia, el Máster en Psicología Clínica Humberto García Penedo, escribía en su libro Usted puede controlar las depresiones, publicado por la editorial Científico-Técnica para la más reciente Feria del Libro, que hay casi tantos conceptos de felicidad como personas existen.
De cualquier forma, procuraremos encontrar algunas claves para esclarecer su esencia. Por ejemplo, parece haber consenso en que la felicidad no está asociada a un estado permanente de alegría, ni a lo que se tenga o se deje de tener —material o inmaterialmente—, ya que lo que hace feliz a algunos, a otros los deja totalmente indiferentes.
Recientemente leí acerca de la empresaria minera australiana Gina Rinehart, considerada por la revista Business Review Weekly (BRW), de su país, como la mujer más rica del mundo, poseedora de más de 28 000 millones de dólares, y me preguntaba: ¿será feliz? Puede que sí, puede que no.
Es cierto que Gina no tendría dificultad en realizar proyectos impensables para la mayoría de los mortales. Pero tal vez viva atormentada por cómo acrecentar su inconcebible fortuna y así desplazar a Bill Gates u otros hombres con riquezas superiores a la suya, qué sé yo, o quizá ansíe algo que no es posible comprar con su dinero, digamos el amor, o una relación armoniosa con sus hijos, tres de los cuales han promovido procesos judiciales en su contra por desacuerdos relacionados con el control de las empresas familiares.
En cualquier caso, tener dinero y cuanto pueda adquirirse con este no es un criterio seguro para definir si las personas son felices o no. Hay quienes lo son sin tener resueltas, ni siquiera medianamente, sus necesidades materiales, porque no han hecho de este el centro de sus aspiraciones. También están los que convierten la satisfacción de tales necesidades en prácticamente la finalidad exclusiva de sus vidas, y son dichosos si lo logran, aunque casi siempre terminan por no sentirse complacidos con lo que tienen, lo que los lleva a la desventura.
Aclaro que ni satanizo el dinero, ni abogo por la precariedad, pero no parece muy gratificante vivir únicamente para acumular riquezas.
En ocasiones, para ser feliz solo se necesitan pequeñas cosas, de las cuales la mayoría de los seres humanos podemos disfrutar sin importar nuestros recursos o condición social: tal vez poder ver los colores de cuanto nos rodea. Hace poco publicamos en Juventud Rebelde la historia de Carlos Alexis González Almora y Aloyma Rodríguez Rossette (Amores ciegos… bendecidos por Alodia), un matrimonio que nunca ha visto a su hija, que recién cumplió los cuatro años. Ambos son ciegos. ¿Cuál creen que sería su mayor dicha?
Podría argüirse que este es un caso extremo y que si algún día Carlos Alexis y Aloyma recuperaran la visión, con casi absoluta certeza, reconsiderarían su criterio acerca de qué los haría dichosos, y se plantearían otras metas para serlo.
Pero, ¿acaso no conoce personas a las que les basta para llegar a ser felices el afecto de aquellos a quienes quieren. O menos. Sin ir más lejos, el propio Carlos Alexis confesó, recordando el tiempo en que solo era amigo de quien luego sería su esposa: “Tuve el privilegio de estar en momentos buenos y malos: me vanagloriaba de ello. Si Aloyma se dio un golpe, yo estuve ahí primero. Con esas pequeñas cosas era feliz.” ¿Y quién lo duda? Todo depende de nuestra amplitud de miras.
Es seguro que no existe una fórmula universal para llegar a la felicidad. Sin embargo, hay quienes aseguran que la misma tiene que ver con el éxito en lo que nos proponemos. Pero, ¿qué significa exactamente esto? ¿Cómo se mide el éxito de alguien?
Indiscutiblemente, aunque se vaya configurando un criterio social para definirlo, que a no dudarlo nos impacta, este tiene un fuerte componente subjetivo, y depende en definitiva del rasero que use cada cual para medirlo, permeado en mayor o menor medida, según sea su autoestima, por el criterio de otros. Así, en el caso de la multimillonaria australiana, su dicha, o la ausencia de esta, dependerá en todo caso de su actitud ante lo que considere los principales propósitos de su vida.
Hay quienes pudieran argüir que existen personas que son dichosos aunque no se propongan absolutamente nada. Se conforman con lo que son, con lo que tienen, o con lo que les suceda, hablando coloquialmente: les viene bien lo que sea, y no obstante, son felices, o al menos aparentemente lo son.
En realidad, la mayoría de las veces queremos o aspiramos a algo, aunque algunas no lo digamos y otras no estemos ni siquiera conscientes de ello; por lo general, tratamos de perpetuar, o al menos de mantener sostenidamente todo el tiempo que podamos, un estado en que disfrutemos de lo que nos causa mayor placer, ya sea trabajar en un proyecto concreto apasionante, resolver determinado problema, zambullirse en un buen libro, dilucidar la esencia de algo, pasar tiempo con los seres queridos, hacer cosas por ellos o, en una dimensión más amplia, por los demás; elevarse en la contemplación de una obra de arte, o ser esclavo del ansia de acaparar objetos materiales.
Identificar con claridad lo que nos gratifica es usualmente un buen camino para hacer conscientes nuestras metas subconscientes, aunque no asegura per se que puedan lograrse.
De hecho, con demasiada frecuencia sucede que empeñarse en un propósito implica afectar, o en el peor de los casos, renunciar a la consecución de otro u otros, cual si se tratara de un “todo incluido”, o de un “paquete”, en el cual usted no pudiera sencillamente quedarse con lo que le conviene y rechazar lo que no. Es así de simple: o lo toma, es decir persevera en procurar lo que intenta y asume las consecuencias que de ello se derivan, o lo deja, y se olvida de lo que se propuso.
Así, por ejemplo, consagrarse intensamente a un objetivo laboral o a una causa de mayor alcance, digamos en el plano social, implica no pocas veces, cuanto menos perjudicar aquellos propósitos definidos en el plano familiar, y viceversa. Mantener el necesario equilibrio entre unos y otros empeños es una verdadera hazaña que no siempre está al alcance de muchos.
A estos solo les queda jerarquizar sus metas y definir diáfanamente hasta qué punto están dispuestos a renunciar a algunas de ellas para conseguir otras.
Tampoco es raro que en el camino hacia la felicidad se interpongan obstáculos y circunstancias adversas que alejen la posibilidad de alcanzarla. Pero si se tienen definidos objetivos y prioridades se podrá encontrar una salida, tal vez un atajo o un desvío, que permita asumir tales situaciones como una oportunidad de acercarse a lo que se quiere, o al menos convivir con ellas hasta que las circunstancias cambien o puedan enrumbarse en la dirección deseada.
Ahora bien, ¿es invariablemente el éxito una medida de la felicidad? Cabría preguntarse si acaso son felices únicamente los que han conseguido aquello a lo que aspiran, o si lo son todos los que lo han logrado.
En algunas ocasiones perseguimos objetivos que solo alcanzamos, si llegamos a hacerlo, para darnos cuenta de que lo que buscábamos tenía otro rostro (no solo literalmente). Tratamos, por ejemplo, de escapar de la rutina, solo para caer, sin percatarnos, en la rutina de querer continuamente escapar de la rutina. Otras veces, al lograr lo que queríamos nos sentirnos inmediatamente insatisfechos, y comenzamos los preparativos para una nueva travesía.
A lo mejor por esta razón no son pocos los que, si de la felicidad se trata, otorgan mayor relevancia al viaje que al destino. Entre ellos no faltan algunos “elegidos”.
Recientemente Armando Hart, sin dudas un profundo conocedor del ser humano, afirmó que debía transmitirse a los jóvenes una idea, que según dijo, “expresaba con el alma”: “La felicidad se debe a que uno trabaje por una causa noble”.
Por su parte, Padura puso en boca de Mario Conde, el protagonista de Vientos de Cuaresma, una de sus novelas inolvidables, una frase que siempre me viene a la mente cuando pienso en estos temas: “… creo que el destino del hombre se realiza en la búsqueda, no en el hallazgo, aunque todos los descubrimientos parecen la coronación de los esfuerzos: el Vellocino de Oro, América, la Teoría de la Relatividad… el amor. Prefiero ser un buscador de lo eterno. No como Jasón o Colón, que murieron pobres y desencantados después de tanta búsqueda. Más bien un buscador de El Dorado, de lo imposible. Ojalá nunca te descubra, ojalá nunca te encuentre sobre un árbol, ni siquiera protegida por un dragón, como el viejo Vellocino…”.
Y es que la felicidad puede ser, según se mire: un estado de éxtasis permanente, un período sostenido de bienestar, o en la actual coyuntura, quizá una fase que se alcanza tras ir sorteando o dejando atrás obstáculos, cual una carrera de vallas, pero en cualquier caso, ya sea que sea solo se concrete en el fin, o en el proceso para lograrlo, o en ambos, lo cierto es que está habitualmente relacionada con las metas que tienen una mayor jerarquía, por más que estas puedan ser inalcanzables como sugiere Padura .
Así que si usted despierta un día sin nada que hacer, sin ningún propósito en mente, abstracto o concreto, lejano o inmediato, lo mejor que puede hacer es disponerse sin dilación a hacer conscientes sus prioridades y actuar consecuentemente para concretarlas.
Es posible que al final no consiga ser feliz, pero sin dudas estará mucho más cerca de serlo. Siempre es peor no saber lo que se quiere; así, probablemente pase el resto de la vida agobiado por la pequeñas o grandes (según como se mire) dificultades cotidianas, y termine sin remedio sintiéndose infeliz y haciendo infelices a aquellos para quienes es usted importante.
Encontrado en: La vida: un rompecabezas singular

Hay infelicidad en aquel que, por las razones que sean, nunca llega a saber lo que es, de donde viene ni hacia donde va, pero lo curioso es que solo en su busqueda se van vidas y ahi esta la trampa que nos impuso aquello que nos atrapa en ella.
Deberia defraudarnos todo el que quiere vivir, pensar y hasta sentir por uno, sobre todo aquel que conociendo o teniendo solo un poco mas, explota las cosas vanas de la vida para satisfacer sus propositos y su “orden” (el que no lo crea asi, revise bien nuestra historia, la humana y lo vera clarito clarito).
Tambien entristece el que por la vida.. como simple expectador u objeto, pasa… y muy al final lo descubre o quizas.. nunca.
A mi me cuesta mucho reconocer que vivimos con limites (como aquel bacilo lactico “deseable” y el otro “indeseable” que en el mismo litro de leche les toco habitar, en pugnas por “perpetuarse” mediante predominios.. casi nunca convivir) No hay avances en eso; se reproduce el juego hasta el infinito o mejor dicho, hasta su concreto fin, y cuando el hombre se quiere saltar ese destino, aparece alguien o algo para recordarle que.. de este ciclo.. no se sale..
!AY Marti… Toda la gloria del mundo…. La muerte.. una forma oculta de la vida.
!Ay poeta… La vida no vale nada…
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Partiendo de mi criterio muy particular que el dinero es eso que se habla mal de él o se reparte cuando no se tiene, no creo que realmente haga mas o menos feliz a nadie. Aunque a veces también hay que reconocer que ayuda que muchas cosas que no nos hacen felices se logren sobrellevar mejor.Resumiendo: La felicidad se puede sentir de muchas maneras; la suya,la del otro y la mia pero,lo que mas se acerca a ese estado anímico es cuando la de uno es la misma que las de todos.Muy interesante el artículo. Saludos: Modesto Reyes Canto.
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Cuál difícil desentrañar el mundo de las subjetividades. Ay, la felicidad, tan necesaria para alimentar el espíritu, pero a veces tan esquiva o difusa en medio de las rutinas. Creo que la felicidad implica eso, romper las rutinas o apostar por reinterpretar lo cotidiano en busca del placer.
Un abrazo. Fue muy interesante encontrar satisfacción con esta lectura.
Yailin
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Interesante reflexión. ¿Por qué no publicarla en JR? Hace poco leí que si queremos ser felices debemos atar nuestra vida a una meta, no a un objeto o a una persona. La meta y su alcance incluyen el sentido de felicidad que tenga cada cual. Es un tema complejo pero al centro mismo de los días que corren. ¿Cuál es nuestro sentido de la vida?. Es esa también una pregunta cardinal, tanto, que para mí atraviesa y define casi todo en la sociedad presente y la que se nos avecina. Un abrazo.
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Los filosofos existencialistas conciben a la experiencia como que antecede a la esencia.A los seres humanos, los definen como naturalmente orientados de manera continua hacia el crecimiento, hacia el mas.Un mas que intuyen mas que saben porque es parte de su esencia y que es a su vez el mismo factor motivante que mueve a cada hombre-mujer hacia la busqueda de nuevas metas una vez que alcanzan las previas. No hay dudas de que en la obtencion de esa metas van a encontrar obstaculos. La felicidad, de acuerdo a mi opinion, seria vivir en conexion honesta y transparente con mi esencia a la vez que disfruto la aventura de la experiencia. De esa manera estaria de acuerdo contigo que se trata de disfrutar el camino mas que el destino. A veces lo transitare alegre, otras veces triste, alguna que otra vez furiosa otras arrepentida, pero siempre feliz porque transito el camino en total desprendimiento de lo que en el mismo me pueda encontrar.
Como dijo Jose Marti en su obra El presidio politico en Cuba:
El orgullo con que arrastro estas cadenas vale mas que todas mis glorias pasadas … futuras …porque cuando otros lloran sangre, que derecho tengo yo para llorar lagrimas.
Hablando de desprendimiento y felicidad a pesar de las circunstancias.. ahi tenemos al Apostol Marti.
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Es posible que al final no consiga ser feliz, pero sin dudas estará mucho más cerca de serlo. Siempre es peor no saber lo que se quiere; así, probablemente pase el resto de la vida agobiado por la pequeñas o grandes (según como se mire) dificultades cotidianas, y termine sin remedio sintiéndose infeliz y haciendo infelices a aquellos para quienes es usted importante.
Interesante publicacion y sobre todo este párrafo, existen personas asi..que nunca llegan a ser felices y ni llegan a hacer feliz a aquellas personas que existieron en sus vidas.
Gracias por tan buena publicacion.
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Coincido con Alina, estos materiales tan interesantes que aparecen en los Blogs, deben ser publicados en el mejor de los medios de prensa, para mí, por supuesto. Hace muy poco comenté un artículo sobre este mismo tema, del combatiente ejemplar Armando Hart Dávalos.
Soy de los convencidos, que la mayor felicidad, si es que se puede cuantificar, o medir, es aquella que nos proporciona, la adquisición de conocimientos, no importa a través de que medio se adquiera.
No somos seres inerte ante el paso de la vida. Somos la vida.
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Una vez escuché un chiste que decía: el dinero no es la felicidad…pero calma los nervios.
Y es cierto, no obstante, para nada pienso que una persona es más feliz por sus riquezas. Creo que la felicidad de cada cual depende sus expectativas. Les regalo algo que escribí a finales de 2012 sobre el tema:
Para ser feliz en el nuevo año
Cada vez que se acerca un fin de año los seres humanos tenemos la tendencia de pensar en los planes futuros para el año nuevo, si lograremos grandes cosas o si simplemente será otro año más, sin grandes pretensiones ni expectativas.
Sin embargo, lo más importante en la vida no es realizar cosas extraordinarias, sino hacer cosas comunes de manera extraordinaria, con el deseo de entregar lo mejor de ti.
Pocas veces las personas se detienen a pensar en sus logros, y en su afán de sueños imposibles o inalcanzables, no valoran lo que tienen, no disfrutan el presente, ni aquellas pequeñas cosas con las que se nutre la verdadera felicidad.
Recientemente leí que los seres humanos suelen aburrirse muy rápido de ser niños y quieren crecer rápido, para luego desear ser niños otra vez; ansían el futuro y olvidan el presente y así no viven ni el presente ni el futuro, viven como si nunca fueran a morir y mueren como si nunca hubieran vivido, y desperdician la salud para hacer dinero y después pierden el dinero para recuperar la salud.
Las personas debieran aprender que lo más valioso en la vida no es lo que tenemos sino a quien tenemos. Una persona rica no es quien tiene más sino quien necesita menos, el dinero puede comprar todo menos la felicidad, el físico atrae pero la personalidad enamora, quien no valora lo que tiene algún día se lamentará de haberlo perdido y quien hace mal recibirá su merecido.
No significa que todas las personas sean de esa manera, pero es cierto que una buena parte de la humidad vive con el afán de alcanzar cosas materiales y no valoran las cosas importantes de la vida, por lo que nunca son verdaderamente felices.
Sin dudas, en este tema, como en ningún otro, nadie tiene la verdad absoluta, solo expondré mis valoraciones y espero que cada cual haga las suyas sin juzgar a los demás.
A mi juicio, para disfrutar cada año, lo primero es vivir a plenitud cada momento de la existencia, no caer en la monotonía, no detenerse ante las adversidades; quizás debamos arrepentirnos de haber cometido algún error, pero peor es arrepentirse por lo que dejamos de hacer.
También todos debieran perdonarse y perdonar a los demás. Hay que perdonar para sentir paz y olvidar todos los recuerdos tristes o desagradables. Evitar la ira y el rencor, la primera te lleva por caminos violentos en los que puedes decir o hacer daño a los demás y el rencor no te deja vivir en paz y armonía, y ambas afectan mucho la salud física y emocional.
Tampoco debemos permitir que las preocupaciones se adueñen de nuestras vidas. Hay personas que se pasan la vida pensando en lo malo que está por llegar y viven agobiados con algo que quizás nunca ocurra. Además, hay cosas que están fuera de nuestro alcance y no las podemos resolver.
Debemos tener mente positiva ante la vida, no pensar en cosas malas; amar, no hacer daño a los demás, reír pues la risa es salud; valorar cada pequeña cosa que nos ocurra, por insignificante que parezca.
Disfrutar el amanecer, una puesta de sol, la risa de un niño, su capacidad de hablar y ser elocuentes para su edad, una mirada de afecto, un beso, una mano que te tienden en los momentos difíciles, tener familia, amigos.
Deleitarse con un buen libro, una buena película, la música, una nueva flor en tu jardín o del vecino, el mar, los árboles, las estrellas y cuidar el medio ambiente, para que nuestro planeta no muera.
Valorar que tienes salud, que estudias o trabajas, y también por qué no, luchar por una vida más próspera, o simplemente alegrarte porque el mundo no se acabó y aun sigues aquí para empezar un nuevo año, y continuar en busca de la verdadera felicidad.
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