Espejismos y utopías

Por una imagen del mundo no solo verosímil, sino también veraz

En el lugar del otro

Le convido a responder honestamente: cuando juzga los actos ajenos, ¿reflexiona en cómo reaccionaría si se encontrara en análogas circunstancias? ¿Se preocupa por saber cómo se sentirán los que pueden ser afectados por lo que haga o decida? Si tuvo un mal día y convirtió a alguien en blanco de su mal humor, ¿medita luego en cómo le gustaría ser tratado aquel con quien ha estado interactuando?

Si contestó «no» a todas o a la mayoría de estas interrogantes, es muy probable que no perciba la trascendencia de ponerse en el lugar de los demás, posiblemente porque no son demasiado importantes en su vida. Pero, de ser así, no debiera perder de vista que más allá de la significación que les atribuya, tomarlos en cuenta es una forma de mostrarles el respeto que merecen, sin mencionar lo provechoso que pudiera resultarle.

Entre los potenciales beneficios de situarse en la posición del prójimo se cuenta la oportunidad de comprender mejor sus actos —lo que no implica necesariamente comulgar con estos o justificarlos en la creencia de que solo se hubiera podido obrar de esa manera—, y así aprender a aceptar a los otros como son, sin pretender que realicen cambios cosméticos para acomodarse a la imagen idealizada que quizá se tenga de ellos.

Podría, asimismo, distinguir con mayor nitidez el porqué de los errores de otros, y de los propios en relación con estos, y evaluar más objetivamente el alcance de la responsabilidad por cometerlos; e incluso prever, hasta cierto punto, el comportamiento futuro de aquellos con los que se relaciona, estimar con un nivel superior de certeza cuánto lo valoran, así como descubrir las hazañas que en ocasiones se esconden en sus pequeños gestos cotidianos.

Ahora bien, ponerse en el lugar de los demás en el sentido literal de la frase, es imposible, pues demandaría un derroche de imaginación poco menos que impensable: habría que valorar no únicamente las condiciones en que desarrollan su existencia aquellos en cuyo sitio debemos ubicarnos, sino también sus historias de vida, sus objetivos, convicciones, aspiraciones y expectativas, así como muchos factores más que los caracterizan y distinguen.

En realidad, para entender por qué alguien procede o reacciona de cierta manera no se requieren habilidades especiales y a veces basta con aplicar el sentido común y considerar qué sentiría usted y cómo actuaría en coyunturas similares, si bien lo ideal sería concebir al otro en su compleja individualidad y predecir, hasta donde sea posible, cuál sería su conducta si estuviera en la piel de ese ser irrepetible y diferente.

No obstante, un número apreciable de personas no hace ni una cosa ni la otra, y resulta curioso que sean quienes con mayor pasión exigen que el resto de los humanos lo hagan cuando interactúan con ellas.

Y aunque es legítimo que reclame ser tenido en cuenta, no lo es en absoluto que desconozca el derecho de los demás a ello. Tal actitud, aquí y ahora, no debe tomarse a la ligera, acríticamente, pues contradice la esencia de un proyecto nacional inclusivo, como el que construimos, cuya razón de ser no es el «yo» sino el «nosotros».

El único propósito de este texto es aportarle argumentos y mostrarle un camino. Cuán alentador sería que le fuera útil, y que en lo adelante antes de juzgar las acciones de otros, determinar en temas que les conciernen, decir o hacer algo que pudiera afectarlos, o convocarlos a actuar, procurara situarse en la posición que ocupan —claro está, sin llegar a pensar o decidir por ellos—, tal cual le gustaría que hicieran en su caso. En definitiva, ¿qué le cuesta? Sin embargo, cuánto ganaríamos todos —usted incluido— con su inapreciable aporte a la preservación de la armonía social, imprescindible para la convivencia.

Publicado originalmente en Juventud Rebelde el martes 14 de mayo de 2013. Ver comentarios en: http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2013-05-14/en-el-lugar-del-otro/

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El compromiso del autor con lo que escribe

Cuántos desaciertos pudieran evitarse y cuánto trabajo se ahorraría si cada autor dedicara siquiera unos instantes a examinar su obra antes de entregarla con el propósito de que se evalúe su posible publicación.

Para no hacerlo no vale como justificación la falta de tiempo, pues con frecuencia se trata de escritos que no están sujetos a la tiranía del cierre de una publicación periódica, y aun cuando así fuera, lo cierto es que los minutos “ganados” de esta forma se pierden sin remedio cuando en la cadena de edición se encuentran faltas impensables en un profesional que ponga en el acabado de su obra el cuidado imprescindible. Incluso es posible que se publiquen algunas de estas pifias, las cuales resultan muy difíciles de detectar dada la agilidad con que están obligados a realizar su labor los editores de prensa para cumplir el término en que los materiales deben enviarse a impresión. 

Se trata de un defecto atribuible, usualmente, al exceso de confianza resultante de una sobreestimación de la capacidad o la preparación —o de ambas— para la composición de textos escritos. Es por ello que la mayoría de las veces no está presente en quienes podrían tener más motivos para presumir de su talento o su pericia, y considerar por tal razón que lo que redactan no requiere una segunda lectura de su parte antes de darlo al editor, y es que son precisamente estos creadores los que suelen sentirse más orgullosos por la limpieza de lo que escriben, a la que como norma se llega mediante sucesivas aproximaciones.

Es cierto que hay casos como el de Cortázar, que apenas revisaba lo que escribía, pero son francamente una excepción los que pueden, como el genial intelectual argentino, crear de un tirón una obra de perfección exquisita. Sobre él puede leerse en el artículo El revés de la trama, del periodista y escritor Ciro Bianchi: “Revisaba poco porque era muy severo a la hora de escribir y los muchos años en el oficio lo enseñaron a desconfiar de las palabras. Por eso, mientras escribía ejercía una especie de control y una vez que lograba el texto apenas le hacía enmiendas”.

Sería preferible atender la experiencia de Hemingway, premio Nobel de Literatura —a mi juicio Cortazar también lo mereció—, quien revisaba rigurosamente sus trabajos antes de entregarlos a edición. Refiere el Doctor en Ciencias Económicas y Profesor Titular de la Universidad de La Habana Alexis Codina en su artículo Las 4 fuentes de automotivación en la inteligencia emocional, que cuando el autor de ¿Por quién doblan las campanas?, El viejo y el mar, y de tantas otras obras memorables corregía sus borradores, tachaba con lápiz rojo lo que no le gustaba y se decía “¿Quién será el estúpido que escribió esto?”.

Revisar lo que se redacta antes de considerarlo definitivo puede marcar la diferencia entre un escritor competente y uno que no lo es. Tales fueron las conclusiones derivadas de un conjunto de investigaciones sobre el proceso de composición de textos escritos en los Estados Unidos, desarrolladas a partir de los años 70 del pasado siglo por un grupo de psicólogos, maestros y pedagogos que impartían cursos de expresión escrita en universidades.

Según se precisa en Enfoques didácticos para la enseñanza de la expresión escrita, del Doctor en Enseñanza de Lenguas y Literatura Daniel Cassany, los resultados de dichas investigaciones sugerían que para escribir bien no bastaba con tener buenos conocimientos de gramática o dominar el uso de la lengua, y que los escritores competentes —es decir los alumnos que obtenían buenos resultados en los test, empleaban estrategias o habilidades cognitivas desconocidas para el resto de los alumnos, entre estas escribir borradores y revisar las ideas desarrolladas.

Ahora bien, no siempre se deja de repasar lo que se escribe por una valoración exagerada de las competencias profesionales propias. A veces el porqué debe buscarse en una manera descuidada de actuar, que un profesional jamás debiera permitirse, y que puede manifestarse incluso en los que poseen probadas aptitudes en este campo, pues estas no necesariamente van acompañadas de la responsabilidad, aunque a menudo suceda.

Claro está, es evidente que quien sea competente para escribir, aun cuando no tenga incorporado el hábito de releer sus trabajos antes de entregarlos a edición para corregir los defectos de que pudieran adolecer, cometerá muchos menos deslices —y menos graves— que aquel que no cuenta con las habilidades y la práctica necesarias, pero la posibilidad de que estos se publiquen es mayor, pues el grado de confianza que tiene el editor en la competencia del autor es inversamente proporcional al rigor con que examina su obra.

En lo que a mí respecta, no me quedan dudas de que la autorrevisión es un hábito saludable que debieran asumir todos los creadores de textos escritos, independientemente de su destreza y experiencia. Y si bien hacerlo o no es una elección personal, no debe olvidarse que los lectores no suelen ser demasiado tolerantes con errores publicados que hubieran resultado, en la mayoría de los casos, fácilmente evitables si el autor hubiese examinado a conciencia lo redactado para ellos.

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Errar es humano, pero…

Con demasiada frecuencia no nos detenemos a meditar serenamente antes de tomar decisiones, incluso si son trascendentales y de alguna forma pueden afectar nuestro futuro o el de otros, lo cual es mucho más irresponsable. Cuántas veces actuamos impulsivamente y, por ejemplo, hacemos o decimos cosas que pueden herir a quienes queremos y nos quieren, e incluso malograr una relación.

Sin embargo, es bien conocido que el atropello y la precipitación al actuar o decidir, lo mismo que hacerlo a partir solo de impresiones, son fuentes habituales de errores. Es por esta causa que hay que reservar para el análisis previo el tiempo que cada determinación requiera, sin permitir que interfieran las emociones más allá de lo imprescindible, y no proceder irreflexivamente. Todo ello minimiza la posibilidad de cometer faltas, si bien es cierto que no nos vacuna contra ellas.

Exhortaciones al estilo de «¡No se pueden equivocar!» son solo válidas como advertencia de que resulta ineludible que no desviemos la atención de aquello en lo que nos empleamos, mas tomarlas al pie de la letra puede llevarnos a un estado de tensión que predispone a cometer los desaciertos que se pretende evitar.

En cualquier caso, ¿quién no ha errado alguna vez? A mi juicio es legítimo y entendible, aunque tal consideración en modo alguno exime de la obligación de responder por las consecuencias de estos yerros, en dependencia de las cuales estos serán más o menos graves.

Nunca pueden perderse de vista las posibles derivaciones de nuestros actos para definir cuáles requieren mayor aplicación y cautela, y así no poner en riesgo lo estratégico, lo esencial. En relaciones de cualquier naturaleza, digamos, a menos que lo hayamos pensado con detenimiento no debemos movernos a posiciones extremas, a puntos de no retorno; ni quememos las naves. Puede que funcione si queremos transmitir un mensaje categórico, pero en no pocas ocasiones es contraproducente, ya que si la decisión fuera desacertada no hay adonde regresar.

Ahora bien, no basta con comprender la importancia de un análisis mesurado si al efectuarlo no evaluamos todos los elementos necesarios, o le damos a unos mayor valor que el que tienen, mientras a otros no les atribuimos su real connotación.

Por otra parte, aunque es cierto que errar es humano —Errare humanum est, como afirmara el filósofo romano Séneca el Joven—, en realidad en incontables oportunidades la forma en que lo hacemos pone en entredicho nuestra superioridad en la escala biológica. No es muy lógico que si podemos acceder al conocimiento por vías distintas a la experiencia, en ocasiones nos equivoquemos por subestimar lo atesorado generación tras generación, o quizá durante toda la vida por una persona que nos lo ofrece con el ánimo de que no tropecemos tozudamente con la misma piedra que ella.

Claro está, debemos saber discriminar: no todos los que nos aconsejan obran con buenos propósitos, ni todos los que los tienen pueden ofrecer recomendaciones útiles, ya que a veces son incapaces de resolver incluso sus propios problemas. Y al definir qué argumentos aprovechar y cuáles desechar procuremos ser objetivos, pues ocurre que somos más propensos a escuchar a quienes nos dicen lo que queremos oír para apuntalar una resolución virtualmente adoptada.

Además, no solo debiéramos prestar atención a consejos provechosos, sino ser proactivos y pedirlos, un hábito saludable y un excelente antídoto contra los errores.

Una alerta es necesaria: procurar criterios de otros no significa que ellos tomen decisiones que son nuestras, lo cual no deberían alentar quienes indebidamente las asumen, ya que le quitan la responsabilidad con estas a los que debían tenerla y, además, corren sin necesidad el riesgo de equivocarse.

Igualmente deja muy maltrecha nuestra reputación como especie superior la facilidad con que no pocos Homo Sapiens actuales reinciden en los mismos o similares yerros.

Debemos poner todo nuestro empeño en evitar los fallos, y si ocurren, no podemos conformarnos, sino analizar sus causas y extraer las enseñanzas que permitan prevenir que se repitan. De nuestros errores hemos de aprender, como de nuestros aciertos.

Tampoco podemos pensar que equivocarnos es el fin del mundo. En definitiva, solo le pasa a quienes no están cruzados de brazos. Mucho más grave es no reconocer las faltas y, peor aún, fingir que no han ocurrido y creer, ingenuamente, que así podremos escapar de sus consecuencias.

(Publicado originalmente en Juventud Rebelde el sábado 16 de marzo de 2013. Ver comentarios en: http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2013-03-16/errar-es-humano-pero/)

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Lecciones de vida

No siempre ponemos toda la atención que debiéramos en lo que hacemos. De hecho, acciones y decisiones esenciales, al repetirse casi a diario, llegan a automatizarse al punto de que apenas requieren de intervención consciente.

Terminamos confiando de tal modo en la infalibilidad de estos reflejos aprendidos que nos resulta difícil concebir que alguien pueda actuar por cualquier causa de modo diferente, y mucho menos reparamos en las posibles consecuencias, lo cual entraña un grave riesgo.

Leí en una ocasión que el destino era especialmente cruel con las pequeñas distracciones, criterio que comparto. Es por ello que debemos poner siempre en cada acto el cuidado que lleva y un poco más, incluso prever lo que pudiera acaecer cuando otros no lo hagan. Mas no basta.

A veces, el azar nos juega una mala pasada y coinciden en el espacio-tiempo de nuestra cotidianidad dos o más sucesos sin aparente conexión, aunque causalmente determinados, unos por la responsabilidad y otros por la imprudencia.

Supongamos que alguien conduce su vehículo ateniéndose a cuanto en tránsito se encuentra establecido, mientras un segundo conductor hace avanzar el suyo a una velocidad de vértigo perpendicularmente a aquel, y no puede detenerse al verlo porque no iba a hacerlo ante la luz roja que estaba en su camino. Se produce en ese instante una colisión, no únicamente de sucesos, sino también de autos: un accidente.

Tampoco hace falta demasiada imaginación. ¿De cuántos hechos similares no ha tenido noticias, o ha sido testigo, o hasta protagonista como me sucedió a mí hace pocos días?

En tales trances no existen ganadores. Sus consecuencias pueden medirse solo con el criterio de que uno perdió más o menos —desde el punto de vista material o humano— en relación con los demás involucrados o con lo que pudo haber pasado si… Ahora bien, con mente positiva pudieran encontrarse en la desgracia aristas «útiles», algunas de las cuales quisiera compartir a partir de mis vivencias.

Comoquiera que lo acontecido marca un antes y un después en el discurrir de la existencia, nos lleva a meditar en cómo se ha vivido y en cómo seguir viviendo, y es que vislumbrar un posible final afianza la certeza de nuestra fragilidad, de que el tiempo que tenemos es un regalo que ha de emplearse de forma productiva y altruista, y de que debemos aprender a descubrir el encanto de las pequeñas cosas.

Pero, sin duda, el resultado más trascendente de un evento de este tipo es que nos permite conocer mejor, o verdaderamente, a las personas, pues son las grandes conmociones las que sacan a la luz su esencia más profunda, como si entonces se hicieran transparentes y dejaran al desnudo el ángel o el demonio que llevan dentro.

Según Martí, por cada gusano nacen dos rosas. Yo puedo dar fe de que si bien hay gusanos —que no merecen una palabra adicional en esta historia—, son muchísimas más las rosas.

Aquellos a quienes quiero me han demostrado nuevamente con gestos y detalles cuánto significo para ellos. Amigos, compañeros, vecinos y también otros con los que apenas había cruzado algún saludo me han «abrumado» con su preocupación y su disposición a ayudar «en lo que sea».

He conocido además, en estos días, seres maravillosos como Daylín, estudiante de Estomatología que me auxilió en los momentos más difíciles. En realidad no sé si se escribe así su nombre, ya que solo atiné a preguntárselo cuando salía del Clínico Quirúrgico de 26 (como casi todos en La Habana lo conocen), al que me llevaron después del accidente.

Imposible olvidar a quienes me atendieron allí, en Cirugía de Urgencias —con especial esmero—, y luego en Maxilofacial —la licenciada Katia apoyada por Mercedes, y el Doctor Alemán— con delicadeza, diligencia y profesionalidad.

Escucho ahora en la radio una canción del increíble Fito Páez y pienso, parafraseándola, que sí, que es verdad: quién puede decir que algo está perdido, si tantos han venido a ofrecer su corazón.

(Publicado originalmente en Juventud Rebelde el domingo 9 de febrero de 2013. Ver comentarios en: http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2013-02-09/lecciones-de-vida/)

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Tiempos de amar y fundar

Afirmaba Martí que los hombres iban en dos bandos, los que aman y fundan y los que odian y deshacen, y creo que sería útil saber en cuál están las personas con las que nos relacionamos. Claro está, no debemos hacer tal clasificación en forma mecánica, pues podríamos cometer el error de incluir en el primero a quienes solo se aman a sí mismos o a unos pocos «escogidos», y «construyen» pensando únicamente de qué lado viven mejor ellos y ese círculo estrecho de familiares e íntimos amigos.

Y digo «solo» y «únicamente» porque es legítimo, a mi juicio, que a la vez que propiciamos el avance de la sociedad y el país procuremos hacer realidad nuestros propósitos de realización personal, que pueden abarcar el bienestar familiar y el de un grupo de otras personas cercanas. Pero la concentración exclusiva, o cuanto menos excesiva, por parte de alguien en sus intereses y en los de los «suyos», conduce inexorablemente a la subestimación de los «otros» y al desprecio por lo que estos sientan, piensen o padezcan, cuya expresión más común es una acusada indiferencia hacia todo lo «ajeno», que va creciendo y deriva en una suerte de inercia, en un hacer por hacer sin compromiso ni propósito definido: la desidia.

En ocasiones tales personas, además, canalizan hacia el prójimo el resentimiento contra una coyuntura que según entienden les niega la posibilidad de hacer o tener cuanto desean.

La desidia, cuyas raíces más profundas son el egoísmo y el individualismo, es alentada en un contexto económico-social difícil, como el nuestro, por una ideología dominante a nivel mundial que nos impacta de múltiples formas y enaltece esos antivalores.

Y como ha irrumpido de una forma u otra en casi todos los ámbitos de la vida cotidiana —aunque no le resulta fácil abrirse camino a contrapelo de la esencia genuinamente solidaria y altruista del cubano—, no sería ocioso aprender a identificar sus expresiones más frecuentes. Como norma los portadores de este virus social no conceden al tiempo de los demás el mismo valor que al suyo. Por ejemplo, si acordaron con usted una cita y se les presentó algo a lo que atribuyen mayor trascendencia, llegan a la hora que entienden o no van. Suponen que no han de tener siquiera la delicadeza de hacérselo saber; en el mejor de los casos, después inventan alguna excusa.

Muchas veces tampoco se sienten obligados a cumplir la palabra empeñada, ni les preocupa, siempre que dispongan de más tiempo para atender sus prioridades, que otro tenga que emplear el suyo y esforzarse más haciendo lo que les faltó, o reparando sus errores porque lo hicieron con desgano o atropello, para «salir del paso».

En otros casos son reacios o poco diligentes en brindar la colaboración solicitada, pues razonan que no les aporta beneficios tangibles o inmediatos a ellos o a la institución que representan.

La desidia puede ser contagiosa y tiene un mecanismo original de propagarse, ya que la víctima en no pocas oportunidades se convierte después en «victimario», incluso inconscientemente, como reacción emocional e impulsiva al trato recibido.

Mañana mismo usted puede ser el afectado. Si es así, al menos tenga la decencia de no emprenderla entonces con los demás; está en sus manos romper ese proceso aparentemente infinito de victimizaciones.

No obstante, no olvide que el antídoto más eficaz contra la desidia es la exigencia de que todo se haga como debe hacerse, que deje de ser excepción lo que ha de ser la regla. Empecemos hoy y por nosotros mismos; pongamos un poco de amor en cada obra para luego, con la fuerza moral que nos da el deber cabalmente cumplido, demandar que los demás confirmen también de forma inobjetable con su actuar, su derecho a estar entre los que aman y fundan.

(Publicado originalmente en Juventud Rebelde el sábado 19 de enero de 2013. Ver comentarios en: http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2013-01-19/tiempos-de-amar-y-fundar/)

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Desde una página en blanco me miras. Por un momento tengo la certeza de que eres tú, la que estuvo tantas veces en mis brazos. Se te parece tanto… No solo en lo físico. Es un poco más segura que lo que solías ser, es verdad, y a la vez un poco más distante pero, ¿y si fuera un error de percepción el empeño en convencerse a cualquier costo de que no me necesita que creo ver en esa muchacha que resta valor a mis detalles y mis gestos?

O quizá estés actuando, lo cual entraña el riesgo de que de tanto pretender vivir en la piel de tu nuevo «personaje», termines por transformarte en él. ¿Estaré en lo cierto?

Mas no puedes ser tú, no. Tu vida giraba en torno a mí. Ella, sin embargo, muchas veces no responde mis llamadas y puede pasarse días enteros ignorando qué me pasa; se olvida de las cosas que me importan y rara vez cumple las promesas que me hace; sabe que puede contar conmigo, no hasta dos o hasta diez —siguiendo a Benedetti— pero, por más que es lindo saber que en algún lugar existe, ya no funciona el trato, no me es posible ni siquiera contar con su presencia, al menos no cuando es más necesario.

Un día te dije —sé que lo recuerdas— que nada duele más que sentir que las personas a las que quieres comienzan, de pronto, a quererte de otro modo. Hoy lo sostengo. Si ella fueras tú, serías la prueba, aun cuando no podría, por ello, desearte que pasaras por lo mismo.

Tampoco por desearlo se haría realidad, y si acaso sucediera alguna vez, a lo mejor de cualquier forma te sirve la experiencia. Tú misma dices que no se aprende por cabeza ajena y que nadie debe recorrer por ti el camino, que debes «vivir» tu propia vida… Pues bien, ese es un riesgo. Así podrías comprobar que no hay nada comparable a esta angustia sostenida, que no alcanza a derrumbarte y no obstante, está ahí mientras perdura —o cada vez que regresa— la esperanza de que puedas no ser «ella».

Esa ilusión la alimenta la añoranza. Es curioso: leí una vez en una novela de Padura que la nostalgia nada más nos devuelve lo que queremos recordar, y debe ser así, pues te imagino y no reparo apenas en nuestros puntos de vista diferentes o en alguno de nuestros no tan frecuentes desencuentros. En cambio, ella no deja que la atrapen los recuerdos, prefiere no pensar o cierra puertas; se inventa mil cosas nuevas por hacer y se consagra a un proyecto de vida que me excluye, del cual ya no formo parte.

Igual percibo que, comparada contigo, le afecta mucho menos todo. Me dice que no; mas, cuando la veo u oigo, intuyo que es mucho menos vulnerable, que es casi inmune a cuanto pueda hacer para «tocarla», y hasta la embriaga tomar las decisiones. No debía olvidar que ese poder tiene sus límites, como debe tenerlos la capacidad de utilizarlo, porque puede llegar a ser cruel sin proponérselo o teniendo en mente justamente lo contrario.

Claro está, pudiera ser que ella fueras tú. Estás creciendo y las personas al crecer inevitablemente cambian, lo cual no significa que de un día para otro aprendan a valorar con objetividad sus posibilidades y las consecuencias derivadas de sus actos, así como a controlar mejor cualquier impulso para no poner en peligro lo esencial, lo prioritario.

Todo fluye. Pura dialéctica. «Nosotros, los de entonces», nerudianamente hablando, ya no somos los mismos. Incluso yo he cambiado, pero quizá no lo suficiente o en la forma que debiera, pues de otro modo estaría preparado para verte transformarte, y no me resigno a ello, aunque sé que si hoy en un proceso lógico te alejas, mañana regresarás a reclamar tu espacio.

Es cierto que debo aceptar lo inevitable, pero una cosa está clara. Si al crecer pierdes tu inocencia y además, tu candor, la capacidad de asombrarte y conmoverte, de hacer «locuras”» nobles, en fin, tu magia cautivante, me atrevería una vez más a pedirte que no crezcas, que no dejes de ser nunca —aunque ineludiblemente cambies— la niña que fuiste (¿eres?), mi nené preciosa, para estar así seguro de que desde esta página incompleta, cual si encarnaras una versión femenina de Peter Pan, eres tú la que me estás mirando.

(Publicado originalmente en Juventud Rebelde el viernes 28 de diciembre de 2012. Ver comentarios en: http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2012-12-28/retrato-de-adolescente-en-fuga/)

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¿Fragilidad?

 

Alguna vez, lo confieso, dudé. Creí que era inútil la ternura, que toda creación humana —y nuestras relaciones lo son, no importa su aparente firmeza— está condenada a colapsar un día. Nada es definitivo, recordé que afirmó David, uno de los protagonistas de En el cielo con diamantes, ese texto exquisito de Senel Paz.

Cómo reaccionar de otra manera, al pensar que con una sola frase, síntesis de la incapacidad para enfrentar las dificultades que surgen en cualquier vínculo —que no digo que sean pocas o pequeñas—, puede desaparecer como por encanto un mundo mágico que casi siempre toma meses, incluso años, construir; cual si se tratara de una versión tropical de La Cenicienta y nos sorprendiera la medianoche en medio de la fiesta de palacio. ¿No le ha ocurrido?

No podía borrar de la memoria La obra del artista, de Frei Betto, y su aseveración de que en el universo la solidez es solo ilusoria. Estaba a apenas un paso de creer que no importa lo que hagamos, la probabilidad real de superar cualquier crisis depende únicamente de un azar concurrente o de causas que escapan a nuestra comprensión, y me conmovió la fragilidad de lo que suponemos imperecedero.

En tales disquisiciones me extraviaba cuando evoqué a Martí: «Hay una palabra que da idea de toda la táctica de amor: rocío-goteo. —Que haya siempre una perla en la hoja verde: —Una palabra en el oído, una mirada meciente en nuestros ojos; —en nuestra frente, un beso húmedo».

Y entonces pude discernir con absoluta nitidez: como las habilidades de un oficio o profesión, como el cuerpo, así debe ejercitarse el alma. No basta con ser un dechado de virtudes, ni con sentir el amor y proclamarlo: hay que entrenarse en el difícil arte de convertir cada momento en una oportunidad para el gesto que llegue, para verternos como arroyo en el otro, llenar espacios, acortar distancias, acercar orillas…

Una infinita sucesión de pequeños detalles, de acciones mínimas —insignificantes en sí mismas, pero trascendentes en su sinergia— unen, tienden puentes, establecen lazos, crean una reserva para los momentos difíciles, refuerzan los cimientos, activan una suerte de sistema inmunológico que nos hace menos vulnerables a los efectos telúricos y muchas veces devastadores de los demonios que acechan al amor: los celos, la rutina, la impaciencia, el escepticismo, el pesimismo, el desánimo, el abandono…

El alma vive de darse, sentenció Martí, y este debe ser empeño cotidiano y no obra de la espontaneidad, por más que sentirse enamorado cause una predisposición favorable y allane el camino. Hay que dedicar tiempo a meditar en cómo hacer feliz a quien se ama. No creo que se mate de esta manera lo natural del sentimiento; a amar también se aprende, como a conocernos, igual que a echar rodilla en tierra para defender el «nosotros», «lo nuestro», «lo que hemos construido», y seguir tejiendo así el presente, estación obligada en un viaje que tiene por fin la realización de una utopía.

Solo es frágil lo que se deja a merced de la desidia, lo que no se cuida como hacía con su flor el Principito. No hay fuerza alguna que pueda destruir lo que día a día se robustece y perfecciona, a menos, claro está, que no sea auténtico o carezca de todas las posibilidades para transformarse en el sentido deseado.

Hoy no me quedan dudas. Definitivamente no es estéril la ternura cuando se expresa a través de la dedicación y la entrega, y de tal forma las distingue. Pruebe, lo invito a confirmarlo. (La ilustración que acompaña el texto es una obra del artista cubano José Luis Fariñas)

(Publicado originalmente en Juventud Rebelde el 30 de noviembre de 2012. Ver comentarios en: http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2012-11-30/fragilidad/)

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¿Cuáles son las posibilidades que tenemos de encontrar en el breve lapso de nuestra vida a la persona perfecta para compartirla? ¿Y cuáles, si tenemos la suerte de hallarla, de pasar el resto de nuestra existencia con ella?

Muchos se sorprenderán y otros tantos se molestarán si afirmo, que en mi opinión, la cual no pretendo presentar como calificada, prácticamente no hay ninguna.

Ciertamente considero que concebir la existencia de alguien que reúne absolutamente todas las cualidades que caracterizan a la persona soñada es ya de por sí un reto a la imaginación, pero suponer además, que podemos encontrarlo, y que este puede estar, a su vez, interesado en nosotros, es pretender burlar la ley de las probabilidades.

La convicción de que para cada cual existe al menos un ser perfecto, es decir un príncipe azul o una princesa encantada, y que serán premiados los esfuerzos que invirtamos en buscarlo, tiene terreno fértil en el espíritu romántico de la adolescencia y los años juveniles, cuando creemos que casi todo es posible y que disponemos de todo el tiempo del mundo para alcanzar cuanto nos propongamos.

Esta idea probablemente se alimente de la fantasía de los cuentos infantiles, donde no es extraño que princesas bellas, virtuosas, comprensivas y complacientes terminen felices en los brazos de príncipes hermosos, nobles, fuertes y valientes, después de vencer trampas, hechizos y obstáculos de todo tipo, que brujas y malvados, encarnación de la envidia, la vileza y la mezquindad, ponen una y otra vez en su camino.

Pero, por desgracia, como aprendemos muy rápidamente, las cosas en la realidad no suceden como en los cuentos de hadas. Para empezar, los “príncipes” y “princesas”, las más de las veces, no parecen estar “armados” a partir de combinaciones óptimas, y las bellas pueden, por ejemplo, no ser virtuosas, comprensivas o complacientes,  y los hermosos, no ser fuertes, nobles o valientes, o no serlo en la medida en que lo deseamos.

Por su parte, las “brujas” y los “malvados” no son tan fácilmente identificables, no solo por su ocasional capacidad para la simulación y el camuflaje, sino porque como norma no actúan todo el tiempo como tales —siempre hay excepciones, claro está—,  y pueden también tener valores que los acercan a los héroes o heroínas que anhelamos conocer.

Ahora bien, aun admitiendo que existan las personas que buscamos, algo bien distinto es que podamos dar con ellas en el tiempo con que contamos y en el reducido espacio físico en que la mayoría de nosotros desarrollamos una parte importante de nuestras actividades.

Esto es mucho más difícil si tenemos en cuenta que la vida no es un experimento, y que en consecuencia no es aplicable para lograr un resultado, al menos conscientemente, el método de ensayo y error, por mucho que para algunos sea algo normal hacerlo. Así, no es lógico que entablemos una relación con alguien pensando que es ideal para nosotros, nos percatemos luego de que nos hemos equivocado –algo que ocurre con mucha frecuencia, como consecuencia de que no pocas relaciones amorosas se establecen hoy sin que exista un conocimiento elemental previo de la pareja— y únicamente por ello terminemos el vínculo y continuemos la búsqueda, pues ello tendría un costo para nosotros y para quienes han estado a nuestro lado.

Lo anterior significa que disponemos de un número limitado, aunque no definido, de intentos para hallar a quien buscamos, y no solo por la duración de nuestra existencia.

Por otra parte, incluso si damos por sentado que puede haber —y de hecho, no caben dudas, hay— “príncipes” y “princesas” que poseen en la medida deseada todas las cualidades a las que aspiramos, y que tenemos la oportunidad de conocer a uno de ellos, ¿qué probabilidades habría de que este(a) igualmente estime que tenemos todas las cualidades que aspira a encontrar en la persona con quien desearía pasar el resto su vida?

Son pocas, ¿verdad? Muchas menos de que mantenga la misma opinión si llega a intimar con nosotros, después de conocernos un poco más. Súmele a esto, que si sucede, no hay garantía de que tales virtudes las mantengamos por siempre, o de que permanezcan inalterables las que llegamos a apreciar en nuestra pareja, pues ello depende de coyunturas e interacciones que escapan usualmente  a nuestro control.

Y si, como hemos explicado, son tan escasas las posibilidades de hallar un “príncipe” o “princesa” azul o del color que prefiera, entre los varios que existan, imagine cuántas habrá de que aparezca nuestra “media naranja”, un ser especifico, único, que nos completa, según creencias no tan excepcionales como pudiera pensarse.

Puede ser que usted tenga la certeza de que encontrará a la persona ideal que busca. De ser así, probablemente no preste mucha atención a mis modestos razonamientos, pero quizá opiniones mucho más autorizadas le hagan reflexionar

Con ese propósito transcribo, como botón de muestra, un fragmento de una de las respuestas publicadas (3-09-2012) en la sección Pregunte sin pena, de la página de Sexo Sentido de Juventud Rebelde, a cargo de la máster en Psicología clínica y psicoanalista Mariela Rodríguez Méndez: “…por muy unido que te sientas en una relación, ambos son seres diferentes, cuyos puntos de conexión jamás los hace suficientemente simétricos o complementarios. Es ilusorio suponer que todos nuestros proyectos, fantasías y maneras de disfrute tienen un receptor o compañero ideal en nuestra pareja”.

De cualquier forma, aun cuando llegue a comprender las dificultades que entraña cualquier empeño de compartir su vida con un ser ideal, no está excluida la eventualidad de que siga tozudamente persiguiendo algo poco menos que imposible, confiando en que el azar le sea propicio, pero lo más inteligente sería que se replanteara sus expectativas e intentara amar a una persona real, que parafraseando al poeta, aunque no sea perfecta, se acerque a lo que siempre soñó.

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La edición de prensa y el sentido común

Nadie en su sano juicio se atrevería a negar la importancia del sentido común en la vida cotidiana o a dudar de que el éxito en lo que nos proponemos dependa en buena medida de la capacidad de prever con la mayor exactitud posible, las consecuencias de nuestras acciones. En este sentido, el proceso de edición de prensa está muy lejos de ser una excepción.

Un profesional de la prensa puede carecer de experiencia, pero no de sentido común. Me atrevo a asegurar que para ser bueno en lo que hace, aunque debe conocer las reglas básicas de la profesión, no tiene porqué ser un especialista o un experto.

Pero lo que sí resulta imprescindible es que en su labor de creación tenga siempre en cuenta al destinatario de la obra periodística: el lector, y piense en que cómo reaccionará este ante la misma, no únicamente si la disfrutará o le provocará rechazo, sino también si la entenderá, si podrá decodificar lo que se le pretende transmitir.

Incluso debe preguntarse qué pasará por la cabeza del lector cuando se enfrente a un artículo. Y no digo “cuando lea un artículo”, porque este en realidad no se reduce a un texto, ni siquiera a la sumatoria de texto y gráfica. Por supuesto que no es independiente de ninguno de estos elementos, pero los trasciende. Convertir el texto periodístico y la gráfica, diseño mediante, en una obra creativa que tenga la posibilidad de dialogar con el lector es precisamente la esencia de la labor del editor de prensa.

La percepción de los lectores está mediada cuanto menos por su formación y su experiencia de vida, que es específica para cada uno de ellos, pero existe una lógica común a la mayoría, que se va sedimentando poco a poco, a partir del nivel de preparación alcanzado —elevado en el caso de buena parte de la población cubana— y de vivencias similares.

Pongamos algunos ejemplos. Es lógico que cualquiera de nuestros lectores —o al menos buena parte de los mismos— espere que exista una correspondencia entre el título de un artículo periodístico y su contenido, así como entre este último y la gráfica con la que debe formar una unidad indisoluble; que en un mismo texto no aparezca repetida casi al calco una idea, que lo que se afirmó al principio no se niegue luego sin ninguna explicación; que si se mencionan personas poco conocidas o que no lo son en absoluto, estas sean identificadas; o que si se usan datos específicos que no son de dominio público, se precise su fuente. Esto es elemental, ¿no?

Pero, ¿no se ha encontrado nunca con errores como estos? Obviamente, en tales casos la labor de los implicados en el proceso de edición falló. Quizá pueda afirmarse que no tenían los conocimientos o la práctica necesarios, y tal vez sea cierto, pero si hubieran usado el sentido común, no hubieran pasado por alto cualquiera de estas incongruencias.

Otra cosa que espera el lector, sin lugar a dudas, es tener la posibilidad de entender lo que supuestamente se escribió para él. Pero, ¿acaso no le ha sucedido que después de leer varias veces un material no logra darse cuenta adónde se pretende llegar con el mismo? Aquí tampoco fue efectivo el desempeño del autor y de la cadena de edición.

Claro está, la comprensión de un texto está estrechamente vinculada al nivel de preparación del lector y en buena medida depende de este, pero el autor y los editores deben garantizar que el mismo sea comprensible para el lector promedio de su publicación.

Lo expresado hasta aquí sobre la necesidad de usar el sentido común es aplicable por igual, en lo relacionado con las funciones específicas que desarrollan, al periodista, el fotorreportero, el ilustrador, el diseñador o el editor.

Este último es el máximo responsable de lo que se entregue al eslabón subsiguiente de la cadena de edición —si se trata de un editor intermedio—, o de lo que en definitiva se publique, si es el editor principal. Por su parte, periodistas, fotorreporteros, ilustradores, correctores y diseñadores son responsables en primera instancia de lo que entreguen a edición y de los defectos de que adolezca el material, sin pasar por alto que un profesional del periodismo que se respete y respete su profesión debe además sentirse comprometido con el resultado final de su trabajo.

Tomemos el caso del periodista —aunque de igual forma pudiéramos ejemplificar con el resto de los participantes en el proceso de edición—. Elaborar un texto comprensible para el lector es en primera instancia su responsabilidad.  Pero ocurre en ocasiones que este no aplica el sentido común y al redactar toma en consideración no el nivel de comprensión del lector promedio, sino el suyo propio. Entonces se convierte en vital el sentido común del editor.

Con mucha frecuencia, en situaciones como esta, en que las valoraciones de los implicados son portadoras de un alto componente subjetivo, el periodista no le reconoce a la apreciación del editor su verdadero valor, cuando no debería perder de vista que este es su primer lector (o al menos uno de los primeros), un lector, además singular, pues no solo tiene, como norma (al menos así debería ser) conocimientos y una cultura general superiores al lector promedio, sino también un entrenamiento que le permite ser una contraparte efectiva de cualquier evaluación cualitativa acerca de un artículo.

Así, el periodista no debería asumir como capricho o malcriadez el criterio de un editor que le señale que alguno de sus trabajos es denso o está redactado de forma enrevesada, en la que se diluye la tesis que se pretende demostrar o no hay suficientes argumentos que la sustenten, y que en consecuencia no resulta claramente inteligible. Si el editor lo percibe así, con casi absoluta seguridad la comprensión del texto escapará a un número significativo de lectores.

Entiéndase que no quiero decir que todos los errores que aparezcan en un trabajo periodístico publicado, aunque sí buena parte de ellos, pudieran haber sido resueltos si se hubiera aplicado el sentido común.

No hacerlo supone falta de rigor en el desempeño laboral de un profesional de la prensa —lo cual es igualmente válido para el de cualquier otro sector— y se sobrentiende que este, precisamente por serlo, debe actuar con profesionalidad, ¿o no? A ello estamos convocados.

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Elogio a la inconformidad

Conoce usted algún inconforme. Sí, de esos que usalmente después de un día maravilloso reparan más en lo que no ocurrió, o en lo que no lograron.

No me refiero a la inconformidad que pudiéramos llamar coyuntural, por estar relacionada con el estado de ánimo o con determinadas circunstancias (se puede estar, por ejemplo,  conforme con una situación y de pronto dejar de estarlo, porque se entendió que afectaba o ponía en peligro la consecución de objetivos a corto, mediano o largo plazos).

Hablo de la inconformidad, en tanto fuerza de signo contrario a la inercia de los procesos mentales, que se manifiesta como norma o tendencia y no como excepción. Hay  quienes parecen tener una especie de predisposición genética a la misma, de forma que esta llega a convertirse en un rasgo distintivo de su personalidad.

A muchos inconformes “por naturaleza”  lo que ayer los cautivó hoy los deja sencillamente indiferentes, de lo que se deriva que para ellos incluso los gestos más elevados de altruismo, cuando son recurrentes, llegan a carecer de significado, se transforman en algo natural; es como si a sus ojos se desgastaran y perdieran la posibilidad de asombrar, de provocar emociones, incluso de motivar el más simple agradecimiento.

Aun más, lo que algún día los dejó sin palabras, ahora no les despierta el más mínimo sentimiento, aunque sea resultado del mismo o superior heroísmo, de idéntica o mayor entrega. Es como si pusieran al altruista en cada ocasión la varilla más alta, convencidos de que vencer una y otra vez la misma altura, aunque nadie más lo haga, deja de ser hazaña para convertirse en rutina.

Es cierto que el uso continuado de un estímulo disminuye inevitablemente su eficacia y se requiere entonces de uno de mayor intensidad para lograr el mismo efecto, en una sucesión interminable y muchas veces insostenible. No es igual la primera rosa que la octava, aunque esta sea al fin y al cabo una rosa. Pero, ello no implica que se deje de reconocer el gesto.

Con este tipo de inconformes, lo que empezó siendo una iniciativa se transforma en una obligación y no hacerlo en un incumplimiento, sin que reparen en que pudieron haber cambiado las circunstancias , y que lo que antes fue posible quizá ya no lo sea, o al menos no en igual medida o de la misma forma, o requiera sacrificios imposibles o impensables.

Tal inconformidad no solo molesta, sino también desmoviliza, particularmente cuando desconoce, o cuanto menos menosprecia, el empeño puesto por otros en lo logrado. En ocasiones, no solo desmoviliza a estos, sino también al propio inconforme,  si piensa que nada va a cambiar, no importa lo que se haga, porque entonces qué sentido tiene hacer algo. Pareciera que no hay razón para el esfuerzo y la constancia.

Pero en algunos casos, puede que no sea el inconforme, ingrato, por más que así se perciba, o no sea su inconformidad manifestación de descontento. Hay quienes no se conforman, sencillamente, porque esperan siempre más. ¿Y acaso no es la búsqueda de la perfección una aspiración legítima?

Sí, sostengo, siempre que exista comprensión de que la perfección es solo un horizonte que se aleja no más lo alcanzamos. En este caso el inconforme sería un perpetuo buscador de lo perfecto y en consecuencia un catalizador de sueños y utopías. Por el contrario, pensar que la perfección absoluta, incluso en un caso o un momento determinado, existe no solo como tendencia, sino como propósito alcanzable, tendría incalculables consecuencias.

Por ejemplo, en una pareja que se ama, en función de no malograr lo estratégico, que es sin lugar a dudas el amor, de por sí frágil, no sería mejor dejar a un lado temas no esenciales, abordados en reiteradas ocasiones, sin que se haya llegado a un consenso, que insistir hasta el agotamiento en pretender que el otro (a) cambie su forma de pensar o de actuar y acepte nuestras propias convicciones.

Podría argüirse que aspirar a que el (la) otro (a) cambie en un determinado sentido, no es pretender que sea perfecto (a), sino mejor, pero si después de intentarlo hasta donde el sentido común aconseja, no somos capaces de pasar por alto imperfecciones e incompatibilidades, y seguimos insistiendo en que adopte nuestra forma de pensar o en lo imprescindible del cambio, o no nos mostramos dispuestos si no lo hace a continuar la relación, es porque somos incapaces de renunciar a la idea de que esta debe ser idílica y la persona que amemos, perfecta, o al menos tan perfecta como creemos que somos: el príncipe o la princesa que nos legaron como ideal de pareja los cuentos infantiles.

Entonces de lo que se trata es de que, en el fondo, ese anhelo de perfección —de que las cosas en ese momento desde nuestro punto de vista sean perfectas—, que evidencia nuestra inconformidad, es más importante que lo que se pretende perfeccionar, y en consecuencia que el amor, con el cual a fin de cuentas terminará por dar al traste.

Al respecto, creo oportuno compartir una frase que la escritora española  Lucía Etxebarría puso en boca de la protagonista de su premiada novela Beatriz y los cuerpos celestes (Ediciones Destino, página 265): “Es el ansia de perfección la que asesina los afectos, la sed de absoluto, el miedo a la costumbre, la perenne nostalgia de imposibles, la negativa constante a aceptarnos como somos y a aceptar a los demás por lo que son.”.

Por otra parte, no puede desconocerse otra arista positiva que pudiera tener la inconformidad. En la medida que desafía el consenso,  lo aceptado,  lo que se conoce o se cree conocer o  lo supuestamente probado, es fuente de continuas contradicciones. ¿Y no son acaso estas las que generan el desarrollo?

De modo, que después de todo sin los inconformes el mundo estaría condenado a la inmovilidad. Son precisamente ellos los que impulsan su avance. Claro está, no todos. También los hay que se deprimen porque la vida no transcurre  de acuerdo con sus deseos, o tranquilamente se cruzan de brazos a esperar que esta se ajuste a sus expectativas o que otros corrijan el cauce, o aplican sus esfuerzos en el sentido equivocado.  Pero quienes se empeñan, teniendo como mira el progreso, en transformar aquello con lo que no se conforman, merecen nuestra consideración y apoyo.

Si he de tomar partido, prefiero la inconformidad al conformismo. Pero, apuesto por una inconformidad que no ponga en riesgo, en nombre de una pretendida perfección, lo ya logrado, y que entrañe además, el reconocimiento de lo bueno que se ha hecho y la implicación del inconforme en la transformación de lo que piensa que debe ser cambiado.



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